Marva no deja de escribir, y a nosotras nos complace compartirlo aquí para aprendizaje y deleite de quienes nos siguen:
21 de diciembre de 2019
"Esto
lo escribí ayer, pero con el frío que hace aún está fresco. Hoy es domingo y la
temperatura es de 16ºC. No dan ganas de levantarse de la cama y me quedaré a
elucubrar y contarles respecto a las relaciones de un grupo de personas viejas.
Creo que será necesario definir algunos
conceptos: uno es la “esperanza de vida” que no es la edad en la que la gente
longeva muere sino el promedio o mediana estimada de sobrevivencia de un recién
nacido que si llega a los 10 años ya se logró; es decir: si en nuestra sociedad
la mitad de los niños mueren antes de los cinco, aunque haya quien viva hasta
los 70, le mediana seria de 35 años. La longevidad desde siempre ha sido alta,
aún en la época de las cavernas, solo que llegaban muy pocos a más de 80 años y
moría la mayoría antes de los cinco años. Otro concepto a aclarar es que vejez es una etapa de la vida, que ahora asusta hasta al más pinto de la ploma pues
para el año 2050, el 50% de la población será de viejos y viejas, ya que se
considera persona vieja o adulta mayor a partir de los sesenta años y el
promedio de sobrevivencia es de 75.1 años en México, pero hay muchas personas
que sobrepasamos esa edad en condiciones de vigencia. En esas edades se
presentan situaciones especiales como en cada etapa de la vida. El problema es
que estamos socialmente domesticados y semi capacitados a lidiar con bebes,
niños y niñas, adolescentes, jóvenes, adultos/as jóvenes y adultos/as maduras,
con todos sus atinos, desatinos y tropelías, etapas que han sido estudiadas y
para las cuales hay teorías y recomendaciones a seguir para su mejor logro.
Pero a las personas mayores se les relega a la inactividad, incapacidad y
dependencia; no tiene la sociedad ni idea de cómo tratarnos; apenas quien
estamos llegando a esa edad empezamos a ocuparnos de estudiarla y sacar
experiencias y conclusiones que ayuden a un mejor manejo de nuestras vidas.
Ahora nadie más nos entiende si no
nos gusta lidiar con nietos, tejer o cocinar y si nos complace trabajar, salir,
tener amistades, conducir un auto, andar en moto, manejar una computadora, y
recordar épocas pasadas, bailar los ritmos que dominamos en la época de fiestas
más tupida, digo época de fiestas más tupida pues en estos momentos de los
sesenta, setenta u ochenta vamos siendo menos y no hay muchas fiestas con
nuestros co/etarios. Este es un punto crucial que desencadena la soledad
generacional, el sentirse que nos estamos quedando solos y que quizá seamos los
próximo en desaparecer, pensamiento que impide sentirse feliz por llegar a esta
edad, desde luego aderezada con todos las imposiciones sociales de encierro e
inutilidad.
En un grupo de iguales sucede que podemos hablar
de lo mismo sentir que tu opinión es tomada en cuenta porque pensamos parecido
o podemos discutir sin descalificación, bailar al mismo ritmo y velocidad sin
presiones del mejor bailarín joven que intenta sacudirte, sin que te digan
abuelito/a o madrecita por el simple hecho de tener los cabellos blancos,
encontrarte con profesionales o empleados de cualquier lugar que se dirigen a
la persona que nos acompaña, más joven, para darle “nuestras” recomendaciones
de tratamiento, dieta, tramites, oficios, etc. como si fuéramos idiotas o
infantes.
El porqué de la depresión es clara, vivir en un
medio que, nos guste o no, es hostil, tener que aparentar para no dar molestias
(enseñanza de nuestra sufridora educación), ayudar para no ser una carga o
estorbo, cuando ya nos ganamos las atenciones que merecemos; porque solo sería
reciprocidad.
Cuando hemos aprendido una educación del
sufrimiento y el sacrificio para ir al cielo es muy difícil deshacerse de estas
ideas y pensar que se puede y se tiene derecho a divertirse, ser feliz y vivir
en paz...
Es un punto crucial para crear la comunidad de
convivencia y quiero ejemplificarlo con varios eventos; desde la muerte de
alguien que encuentran tres días después; como la caída en la que te rompes un
hueso, el dolor que requiere de un té caliente, el papel del baño que se acabó,
retomar un recuerdo doloroso que quisieras comentar y sacarlo, el antojo de
algo de la tienda que tienes que ir a comprar y que es mejor en compañía, como
los elotes de las siete, contar el chiste que te hace reír en ese momento o el
recuerdo alegre, asistir al taller de pintura o literatura y salir de la casa
al cine con alguien que también va y lo disfruta junto contigo.
Las viejas y los viejos ya no debemos, ya no
podemos, ya no queremos estar viviendo solos o en soledad aun con gente,
requerimos de una nueva forma de vinculación afectiva, una nueva forma de
familia que dé satisfacción a necesidades que debemos hacer conciencia de que
las tenemos, y aceptar que las vivimos y que hay quien tiene otras pero podemos
ser un apoyo para ellas y ellas para nosotras.
El domingo pasado en el desayuno de las cuatro una
de ellas concluyo lo hablado diciendo que: <Si el grupo se planea bien y se
consolida, no será necesario salir de él por enfermedad o invalidez, pues en la
“Nueva Familia” todo esto se solventa por la nueva vinculación y buena
organización>. ¡Lo creo! Lo he vivido un año y entiendo ese gran miedo que
le tenemos al cambio prefiriendo quedarnos en el confort del “más vale malo por
conocido que bueno por conocer” (otro constructor social).
Continuará...