28 marzo 2020
A mitad de este enclaustramiento obligado por el miedo a la
fantasmal epidemia del coronavirus, me atengo a los recursos de comunicación a
larga distancia:
Teléfono celular, correo electrónico, y el arcaico teléfono doméstico que
inventó de chiripa Graham Bell ,y del que todavía quedan reminiscencias en
algunos domicilios habitados por ancianos… como es mi caso. Este teléfono
“fijo”, sirve aún porque algunos de mis compadres y amigos de la cuarta edad,
siguen usando el suyo porque nunca pudieron actualizar sus capacidades de
aprendizaje frente a los modernos aparatos móviles (Chango viejo no aprende
maroma nueva) que los niños y jóvenes de hoy manejan como cualquier cosa.
Cuando me suena el celular, el puro timbre identifica de quién procede: mi
hijo, mi hija, mi secretario, mi geriatra. Y cuando suena el teléfono
“doméstico”, ya sé que es de mi anciano compadre que nunca aprendió a usar el
celular, o de algún delincuente en prisión que intenta que le abone alguna
cantidad de dinero en una tarjeta bancaria (banca cómplice), para no asesinar a
alguna hipotética hija, que no tengo, secuestrada al doblar la esquina de mi
casa.
En virtud de este aislamiento “saludable”, las conferencias telefónicas que antes duraban de 3 a 5 minutos, ahora se prolongan, mínimamente, de 60 a 120 minutos, entre que resolvemos el problema mundial de la epidemia, despotricamos contra las medidas sanitarias del sistema sanitario nacional, nos ofrecemos las mejores prevenciones y remedios caseros contra el coronavirus, y nos deseamos que no nos llegue la lumbre a los aparejos.
Ahora me ha dado por hacer un recuento de actividades de los 14 días anteriores, tiempo de incubación del virus según la OMS, con la misma devoción telúrica que tuve para hacer la primera comunión, y arrepintiéndome con golpes de pecho de la pachanga que organicé en mi casa el viernes antepasado, la comida familiar del martes anterior, la visita a una amiga este último viernes: mea culpa, mea culpa. Y me impongo la penitencia de aspirar hondo y tratar de aguantar la respiración contando hasta diez, que según los que saben de esto, quiere decir que mis pulmones están sanos. Logro contar hasta once, rapidito, y siento que he obtenido la absolución. Acabo de correr a mi cocinera que le tose a la olla de frijoles y estornuda sobre el comal dejando escarchadas las tortillas. Era una verdadera amenaza. Le compré guantes y bozal a mi chofer… gasto inútil, porque ya no puede uno circular por las calles de la ciudad. Mi mujer tan precavida, me dijo anoche que me fuera a dormir al cuarto de la azotea que “está muy bien ventilado y donde hay una tabla inclinada que antes servía para hacer flexiones deportivas, pero que ahora puede servirme de cama”, con solo acostumbrarme a dormir de pie y recargado, que bueno, “ya sabes que siempre las primera noche fuera de tu cama habitual es incómoda, pero luego te acostumbras, no repeles que solo son catorce días”.
Ya me soplé todas las películas y series de Netflix, Gnula, y Youtube y me he quedado en espera de estrenos, jeje, les llevo ventaja.
Hoy saldré azorado al changarro de la esquina, (cuidando que no me vea la policía) a comprar chicharrones de Naolinco, mi vicio, que esos por suerte, son como el mezcal: curan todo mal… todo bien también, y la Organización Mundial de la Salud ni noticia tiene de su existencia.
M. G.
En virtud de este aislamiento “saludable”, las conferencias telefónicas que antes duraban de 3 a 5 minutos, ahora se prolongan, mínimamente, de 60 a 120 minutos, entre que resolvemos el problema mundial de la epidemia, despotricamos contra las medidas sanitarias del sistema sanitario nacional, nos ofrecemos las mejores prevenciones y remedios caseros contra el coronavirus, y nos deseamos que no nos llegue la lumbre a los aparejos.
Ahora me ha dado por hacer un recuento de actividades de los 14 días anteriores, tiempo de incubación del virus según la OMS, con la misma devoción telúrica que tuve para hacer la primera comunión, y arrepintiéndome con golpes de pecho de la pachanga que organicé en mi casa el viernes antepasado, la comida familiar del martes anterior, la visita a una amiga este último viernes: mea culpa, mea culpa. Y me impongo la penitencia de aspirar hondo y tratar de aguantar la respiración contando hasta diez, que según los que saben de esto, quiere decir que mis pulmones están sanos. Logro contar hasta once, rapidito, y siento que he obtenido la absolución. Acabo de correr a mi cocinera que le tose a la olla de frijoles y estornuda sobre el comal dejando escarchadas las tortillas. Era una verdadera amenaza. Le compré guantes y bozal a mi chofer… gasto inútil, porque ya no puede uno circular por las calles de la ciudad. Mi mujer tan precavida, me dijo anoche que me fuera a dormir al cuarto de la azotea que “está muy bien ventilado y donde hay una tabla inclinada que antes servía para hacer flexiones deportivas, pero que ahora puede servirme de cama”, con solo acostumbrarme a dormir de pie y recargado, que bueno, “ya sabes que siempre las primera noche fuera de tu cama habitual es incómoda, pero luego te acostumbras, no repeles que solo son catorce días”.
Ya me soplé todas las películas y series de Netflix, Gnula, y Youtube y me he quedado en espera de estrenos, jeje, les llevo ventaja.
Hoy saldré azorado al changarro de la esquina, (cuidando que no me vea la policía) a comprar chicharrones de Naolinco, mi vicio, que esos por suerte, son como el mezcal: curan todo mal… todo bien también, y la Organización Mundial de la Salud ni noticia tiene de su existencia.
M. G.
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