Cristina, amiga y compañera en VIDAM, nos comparte estos recuerdos de su infancia:
LA METICHE
Ahora que me he propuesto voltear a ver menos al dolor
y más a las cosas que me gustaban de niña, me deleito en algunos recuerdos
simples:
De chica (9 o 10 años) siempre estaba
metida en alguna casa ajena; no porque me hubieran invitado sino por iniciativa
propia (soy hija única). Quería jugar,
conocer a otras familias, visitar otras casas y meterme hasta la cocina, ver y
oler lo que comían, saber dónde dormían y como vivían…Nunca me corrieron, por
suerte, así que era uno de mis pasatiempos favoritos: andar de metiche en otras
casas. Así hice una amiga de noventa y tantos años, una viejecita que ya casi
no veía y estaba siempre sentada junto a una ventana. Llegaba yo a la casa (que
eran conocidos de mi madre) y me llevaban con la viejita, jugábamos a las
palmadas, a las adivinanzas. Ella me contaba cómo eran las cosas cuando era
joven y me preguntaba cómo eran ahora, que si había muchos coches, que si la
ciudad era más grande, que como era mi escuela. No recuerdo por qué, pero nos
reíamos mucho.
Debo confesar que, ser metiche se me hacía de lo más
natural y gratificante; y claramente sabía dónde era bienvenida y dónde no tanto,
pero nada me desanimaba. Muchas tardes salía de mi casa dispuesta a conocer
gente, saber otras historias de familia. Intuía cuando en una casa la madre
sufría. Eran pocos los padres que estaban presentes y, cuando lo estaban, se
colocaban en un pedestal inaccesible, inalcanzable aún para sus propios hijos.
Me iba a meter a la casita de la portera que siempre
me invitaba el taco de frijoles más rico que haya comido. Iba a casi todas las
casas de mi calle y a muchas otras de la colonia, donde había niños. Tampoco se
salvaron las casas de mis compañeras de escuela y por supuesto las de mis
numerosas tías y sus vecinos. Me gustaba platicar con viejos y niños. Los
jóvenes, siempre tan ocupados en sus asuntos románticos, no me hacían mucho
caso.
Ahora que lo pienso, era la única metiche de todas las
niñas que conocía, pues difícilmente les daban permiso para salir a la calle.
Me pregunto ¿por qué me gustaba tanto visitar todas esas casas…? ¿Y que pensarían de esa escuincla metiche que
con descaro y naturalidad se colaba en todas partes?
Nunca lo sabré, pero sí sé una cosa… ¡Como disfruté ser metiche!
Cristina Chávez Sigler

