Y seguimos disfrutando de la historia de Cristina, En esta ocasión retomamos la última parte del relato inicial. Sin más, aquí está ella:
"Mi madre se iba a trabajar y mi abuela se quedaba
a cargo de mí; todo parecía ir bien hasta que al esposo de la prima le subió la
temperatura con los devaneos de mi madre y como esta no sabía decir que no,
pues que se arma el follón y va pa' fuera mi madre con todo y crio de 5 años y
amante...
"Así llegamos a vivir a la calle de Tajín 139 -1
donde crecí y de la que tengo muchos recuerdos más buenos que malos. Al poco
tiempo mi madre ya no aguantaba a su amante y así que decidió pedirle que se fuera; como éste no hizo caso,
un buen día llegó con dos uniformados y lo pusieron de patitas en la calle; yo
estaba con Antonio (así se llamaba el amante) en casa, cuando vi que corrió a
la cocina y se escondió tras la puerta, me dijo que abriera y que dijera que él
ya no estaba, que se había ido, abrí y dije lo que me indicó solo que con los
ojos le señale a mi madre la cocina y no tardaron en encontrarlo. Nos veo
recién llegadas, el edificio era nuevo y hermoso pero llegamos sin muebles, sin
cama, sin mesa sin nada, nos acostábamos en un catre y nos tapábamos con unas
gruesas batas que le daban a mi madre en el trabajo. No recuerdo que alguna vez
pasara hambre pues mi madre trabajaba pero no teníamos nada. En ese entonces mi
pasatiempo favorito era aprenderme los boleros que sonaban en la radio y hacer
competencias de a ver quién comía más chiles con las muchachas que me
cuidaban. Yo iba seguido al trabajo de
mi madre, era una oficina grande con mucha gente atareada frente a sus máquinas
de escribir. Con muchos de ellos hice migas y siempre andaba de metiche viendo
que hacían en lugar de trabajar. Había una señora ya grande que parecía muy
distinguida y educada, se llamaba Guadalupe Garza y francamente no sé qué hacía
ahí pues yo siempre la veía tejiendo; ella me enseñó a tejer en gancho y acabó
siendo mi madrina de primera comunión pues como era muy católica, seguro
convenció a mi madre para que comulgara por vez primera. Fue a través de ella
que fui admitida en el internado súper mocho y católico para niñas y señoritas "Mier y
Pesado".
"El
INTERNADO
Nunca supe como llegué al internado, nunca me di
cuenta; de repente ya estaba yo ahí, me llevó mi madre y me dejó. Solo me dijo
que era una escuela muy buena y que ella vendría a visitarme. Yo no entendía
nada, tenía 6 años. Pensé que no debía de ser tan malo pues la escuela era
enorme, tenía alberca, canchas de tenis, y un enorme jardín al centro, rodeado
de dos pisos de aulas, dormitorios, salón de actos, gimnasio, capilla, salón de
costura, comedor, salón de visitas, la casa de las monjas... cada grupo tenía
su propio patio de juegos y muchas, muchas niñas. Los estudios eran desde el
primer grado de primaria hasta el tercer año de comercio. Salían las chicas con
quince años cumplidos y les hacían una gran fiesta donde los chambelanes eran
los cadetes del Colegio Militar; esos festejos eran deslumbrantes pero no sabía
si iba a aguantar tantos años encerrada. Al poco tiempo me di cuenta que estaba
sola, por mi cuenta, completamente sola en ese mundo de monjas estrictas. Había
niñas que tenían hermanas o que se llevaban bien con las monjas, yo nunca pude.
Empezaron los problemas por mi mala conducta, porque no estudiaba, porque no
atendía..."la niña no es tonta -le decían a mi madre- pero no quiere
aprender, no pone atención y distrae mucho a sus compañeras". Mi madre iba a verme cada 15 días, es decir
un domingo sí y un domingo no; en esos días ella recibía las quejas tanto de
las monjas como mías, pues ya empezaba a hartarme de estar encerrada, vigilada
y reprimida constantemente por las monjas y la vigilanta. Esta última era una
mujer que estaba a cargo del grupo cuando no estábamos en clase; por lo general
era una mujer robusta para “controlarnos”, sin preparación y con muy poca
paciencia.
Yo me
volví muy peleonera pues sabía que tenía que defenderme sola, si alguien me
quitaba mis cosas me le iba encima, y así me hice fama de problemática e indisciplinada.
Siempre estaba en la luna, pensando en cómo sería la vida allá afuera. Me
saltaba los tediosos rosarios que diariamente se rezaban a las 6 en punto, no
soportaba estar hincada durante una hora, así que me escondía bajo las camas de
nuestro dormitorio y cuando me encontraban me castigaban duramente. Recuerdo
que una vez durante la noche, me oriné dormida, aparte de la regañiza, me
dejaron toda la mañana parada a medio patio, el patio principal, con la sábana
sucia sobre la cabeza para que toda la escuela me viera, nunca olvidaré la
vergüenza y la humillación que pasé ese día.
"En una ocasión la mamá de una compañera de mi
grupo fue a visitarnos y llevó algunos
dulces y un gran muñeco de chocolate que se rifó; cuando dijeron que yo me lo
había sacado, no podía creer tanta felicidad, por fin algo maravilloso me
sucedía, sin embargo la vigilanta dijo que yo no me lo merecía porque era una
mala niña y que lo volvieran a rifar, en ese momento sentí un dolor profundo y
gran vergüenza, pero la madre de mi
compañera se negó a rifarlo nuevamente diciendo que Dios había querido que yo
me quedara con el muñeco de chocolate, así que me lo dio y aunque lo tomé, ya
no me supo igual por el mal rato que me hizo pasar la horrible mujer que nos
cuidaba. Cuando se enojaba daba de gritos y nos pegaba con lo que tuviera a la
mano.
"Yo era totalmente infeliz, siempre estaba ideando
como escaparme pues tenía claro que mi madre no me sacaría de allí nunca; me
soñaba trepando los muros y alcanzando la libertad. Afortunadamente nunca me escapé
pues no hubiera sabido cómo llegar a casa. Una vez vi que durante la visita,
una niña hacia un mega berrinche para que sus papas se la llevaran, no recuerdo
en que paró, pero el próximo domingo de visita hice lo mismo; al despedirse mi
madre la sujeté de la blusa y no la solté, le dije que me iba a casa con ella,
trató de zafarse y como no pudo, la ayudaron las monjas, yo pateaba, berreaba
y la asía fuertemente hasta que finalmente lograron que la soltara,
fue horrible y no dio resultado. Así las
cosas empecé a portarme cada vez peor; una vez nos llevaron de visita a una
especie de museo de la escuela donde estaban las fotos de las monjas que habían
sido directoras, pinturas de los benefactores Mier y Pesado, trofeos que la
escuela había ganado en diferentes disciplinas, fotos de las generaciones
salidas, y en una vitrina, muñecos de dulce. Eran de esos muñecos de azúcar que
se le ponen arriba a los pasteles: una hermosa muñeca bailando con un cadete
generación 48, otra pareja de dulce dándose la mano generación 50 y así pudimos ver muchos muñecos de dulce. La
vitrina no tenía llave así que era una oportunidad única; convencí a otras dos
compañeras de quedarnos escondidas hasta que el grupo se fuera, la vigilanta ni
cuenta se dio y cuando nos quedamos solas empezamos a chupetear los muñecos de
azúcar, los lamíamos pero sabían a polvo así que los volvíamos a colocar pero ya
sin cabeza, o con la figura semi derretida, fue toda una decepción. Cuando
intentamos salir habían cerrado, llamamos pero nadie nos escuchaba, fueron a
buscarnos ya entrada la noche (hasta que se dieron cuenta de nuestra ausencia)
y para entonces ya estábamos asustadas y mis compañeras lloraban. Sabía que me
iría muy mal así que me comporté estoica. Esa fue la gota que derramó el
vaso...no me dijeron mucho pero al otro día me mandaron llamar y me dijeron que
fuera por mis cosas, cuando llegué al despacho de la directora estaba mi madre
con cara de angustia. Rogaba casi llorando que me dieran otra oportunidad, que
ella me convencería para que me portase bien pero todo fue inútil, habían
decidido finalmente ¡EXPULSARMEEEE!!!!
Nunca olvidaré la cara de decepción de mi madre por tenerme que llevar
con ella. Por el camino le iba diciendo que yo la ayudaría a lavar y a limpiar,
que no sería una carga y que me portaría bien, mi madre no decía nada, solo
lloraba, fue cuando comprendí que no me quería..."