sábado, 6 de febrero de 2021

CRISTINA NOS CUENTA SU HISTORIA 2

 Y seguimos disfrutando de la historia de Cristina, En esta ocasión retomamos la última parte del relato inicial. Sin más, aquí está ella:

"Mi madre se iba a trabajar y mi abuela se quedaba a cargo de mí; todo parecía ir bien hasta que al esposo de la prima le subió la temperatura con los devaneos de mi madre y como esta no sabía decir que no, pues que se arma el follón y va pa' fuera mi madre con todo y crio de 5 años y amante... 

"Así llegamos a vivir a la calle de Tajín 139 -1 donde crecí y de la que tengo muchos recuerdos más buenos que malos. Al poco tiempo mi madre ya no aguantaba a su amante y así que decidió  pedirle que se fuera; como éste no hizo caso, un buen día llegó con dos uniformados y lo pusieron de patitas en la calle; yo estaba con Antonio (así se llamaba el amante) en casa, cuando vi que corrió a la cocina y se escondió tras la puerta, me dijo que abriera y que dijera que él ya no estaba, que se había ido, abrí y dije lo que me indicó solo que con los ojos le señale a mi madre la cocina y no tardaron en encontrarlo. Nos veo recién llegadas, el edificio era nuevo y hermoso pero llegamos sin muebles, sin cama, sin mesa sin nada, nos acostábamos en un catre y nos tapábamos con unas gruesas batas que le daban a mi madre en el trabajo. No recuerdo que alguna vez pasara hambre pues mi madre trabajaba pero no teníamos nada. En ese entonces mi pasatiempo favorito era aprenderme los boleros que sonaban en la radio y hacer competencias de a ver quién comía más chiles con las muchachas que me cuidaban.  Yo iba seguido al trabajo de mi madre, era una oficina grande con mucha gente atareada frente a sus máquinas de escribir. Con muchos de ellos hice migas y siempre andaba de metiche viendo que hacían en lugar de trabajar. Había una señora ya grande que parecía muy distinguida y educada, se llamaba Guadalupe Garza y francamente no sé qué hacía ahí pues yo siempre la veía tejiendo; ella me enseñó a tejer en gancho y acabó siendo mi madrina de primera comunión pues como era muy católica, seguro convenció a mi madre para que comulgara por vez primera. Fue a través de ella que fui admitida en el internado súper mocho y católico  para niñas y señoritas "Mier y Pesado".

 

"El INTERNADO

Nunca supe como llegué al internado, nunca me di cuenta; de repente ya estaba yo ahí, me llevó mi madre y me dejó. Solo me dijo que era una escuela muy buena y que ella vendría a visitarme. Yo no entendía nada, tenía 6 años. Pensé que no debía de ser tan malo pues la escuela era enorme, tenía alberca, canchas de tenis, y un enorme jardín al centro, rodeado de dos pisos de aulas, dormitorios, salón de actos, gimnasio, capilla, salón de costura, comedor, salón de visitas, la casa de las monjas... cada grupo tenía su propio patio de juegos y muchas, muchas niñas. Los estudios eran desde el primer grado de primaria hasta el tercer año de comercio. Salían las chicas con quince años cumplidos y les hacían una gran fiesta donde los chambelanes eran los cadetes del Colegio Militar; esos festejos eran deslumbrantes pero no sabía si iba a aguantar tantos años encerrada. Al poco tiempo me di cuenta que estaba sola, por mi cuenta, completamente sola en ese mundo de monjas estrictas. Había niñas que tenían hermanas o que se llevaban bien con las monjas, yo nunca pude. Empezaron los problemas por mi mala conducta, porque no estudiaba, porque no atendía..."la niña no es tonta -le decían a mi madre- pero no quiere aprender, no pone atención y distrae mucho a sus compañeras".  Mi madre iba a verme cada 15 días, es decir un domingo sí y un domingo no; en esos días ella recibía las quejas tanto de las monjas como mías, pues ya empezaba a hartarme de estar encerrada, vigilada y reprimida constantemente por las monjas y la vigilanta. Esta última era una mujer que estaba a cargo del grupo cuando no estábamos en clase; por lo general era una mujer robusta para “controlarnos”, sin preparación y con muy poca paciencia.

 Yo me volví muy peleonera pues sabía que tenía que defenderme sola, si alguien me quitaba mis cosas me le iba encima, y así me hice fama de problemática e indisciplinada. Siempre estaba en la luna, pensando en cómo sería la vida allá afuera. Me saltaba los tediosos rosarios que diariamente se rezaban a las 6 en punto, no soportaba estar hincada durante una hora, así que me escondía bajo las camas de nuestro dormitorio y cuando me encontraban me castigaban duramente. Recuerdo que una vez durante la noche, me oriné dormida, aparte de la regañiza, me dejaron toda la mañana parada a medio patio, el patio principal, con la sábana sucia sobre la cabeza para que toda la escuela me viera, nunca olvidaré la vergüenza y la humillación que pasé ese día.

"En una ocasión la mamá de una compañera de mi grupo fue a visitarnos  y llevó algunos dulces y un gran muñeco de chocolate que se rifó; cuando dijeron que yo me lo había sacado, no podía creer tanta felicidad, por fin algo maravilloso me sucedía, sin embargo la vigilanta dijo que yo no me lo merecía porque era una mala niña y que lo volvieran a rifar, en ese momento sentí un dolor profundo y gran vergüenza,  pero la madre de mi compañera se negó a rifarlo nuevamente diciendo que Dios había querido que yo me quedara con el muñeco de chocolate, así que me lo dio y aunque lo tomé, ya no me supo igual por el mal rato que me hizo pasar la horrible mujer que nos cuidaba. Cuando se enojaba daba de gritos y nos pegaba con lo que tuviera a la mano.

"Yo era totalmente infeliz, siempre estaba ideando como escaparme pues tenía claro que mi madre no me sacaría de allí nunca; me soñaba trepando los muros y alcanzando la libertad. Afortunadamente nunca me escapé pues no hubiera sabido cómo llegar a casa. Una vez vi que durante la visita, una niña hacia un mega berrinche para que sus papas se la llevaran, no recuerdo en que paró, pero el próximo domingo de visita hice lo mismo; al despedirse mi madre la sujeté de la blusa y no la solté, le dije que me iba a casa con ella, trató de zafarse y como no pudo, la ayudaron las monjas, yo pateaba, berreaba y  la asía fuertemente  hasta que finalmente lograron que la soltara, fue horrible y no dio resultado.  Así las cosas empecé a portarme cada vez peor; una vez nos llevaron de visita a una especie de museo de la escuela donde estaban las fotos de las monjas que habían sido directoras, pinturas de los benefactores Mier y Pesado, trofeos que la escuela había ganado en diferentes disciplinas, fotos de las generaciones salidas, y en una vitrina, muñecos de dulce. Eran de esos muñecos de azúcar que se le ponen arriba a los pasteles: una hermosa muñeca bailando con un cadete generación 48, otra pareja de dulce dándose la mano generación 50 y así  pudimos ver muchos muñecos de dulce. La vitrina no tenía llave así que era una oportunidad única; convencí a otras dos compañeras de quedarnos escondidas hasta que el grupo se fuera, la vigilanta ni cuenta se dio y cuando nos quedamos solas empezamos a chupetear los muñecos de azúcar, los lamíamos pero sabían a polvo así que los volvíamos a colocar pero ya sin cabeza, o con la figura semi derretida, fue toda una decepción. Cuando intentamos salir habían cerrado, llamamos pero nadie nos escuchaba, fueron a buscarnos ya entrada la noche (hasta que se dieron cuenta de nuestra ausencia) y para entonces ya estábamos asustadas y mis compañeras lloraban. Sabía que me iría muy mal así que me comporté estoica. Esa fue la gota que derramó el vaso...no me dijeron mucho pero al otro día me mandaron llamar y me dijeron que fuera por mis cosas, cuando llegué al despacho de la directora estaba mi madre con cara de angustia. Rogaba casi llorando que me dieran otra oportunidad, que ella me convencería para que me portase bien pero todo fue inútil, habían decidido finalmente ¡EXPULSARMEEEE!!!!  Nunca olvidaré la cara de decepción de mi madre por tenerme que llevar con ella. Por el camino le iba diciendo que yo la ayudaría a lavar y a limpiar, que no sería una carga y que me portaría bien, mi madre no decía nada, solo lloraba, fue cuando comprendí que no me quería..."

 Continuará...


lunes, 1 de febrero de 2021

CRISTINA NOS CUENTA SU HISTORIA

 Iniciamos hoy una serie de relatos de algunas de nuestras compañeras que gustan de escribir, aunque ya  Marva nos ha ido contando sus experiencias.

Como saben, tenemos un taller de escritura literaria del que han ido surgiendo muy buenas composiciones que ya iremos compartiendo más adelante. Esta clase no tiene docente, sino que entre nosotras mismas (en femenino, porque somos la mayoría, aunque sí nos acompaña un joven. Ya es un señor, pero para nosotras, casi todas de la tercera edad, es el Benjamín del grupo, aunque también colaboran dos jovencitas muy queridas) Si se animan a formar parte de este taller, queridos amigos y amigas, bienvenidos.

Sin más cháchara, aquí está nuestra querida Cristina:


Una vieja hippie

 

No es fácil contar tu vida; hay cosas que duelen mucho y también hay que decirlas. Supongo además que mi vida ha sido como la de muchas mujeres de mi época: los años 60; "rockera", intrépida, psicodélica, rompiendo esquemas y patrones y, de paso, rompiéndote la madre también; y diré la típica frasecita: "Pero no me arrepiento" porque finalmente me fui fiel a mí misma. Muchas de mis amigas y compañeras de ésa época claudicaron y se olvidaron de lo que  representamos los jóvenes de esa década en todo el mundo: Cambios, muchos cambios, especialmente sociales: No más hipocresía, no más religiones que nos manipulen, no al sistema establecido, no a las guerras, no más hacer lo que mandan los padres o el gobierno, no más virginidad, no más casarse por la iglesia. Es más, no más casamientos, vivir libremente y sin culpas, sin desperdiciar nuestra preciosa juventud en grises  oficinas o como asalariados explotados. El cambio estaba en todos lados, en las canciones que cantaban The Beatles, los Rollig Stones, Bob Dylan, Joan Baez, Peter Paul and Mary, The Who, Janis Joplin, The Doors, Jimi Hendrix...En la ropa que vestíamos, las melenas de los jóvenes que tanto indignaron a la “momiza”, en la forma de hablar. No queríamos parecernos en nada a nuestros padres, tan formales y llenos de prejuicios. En  Estados Unidos la onda era irse a vivir en una comuna, donde todo era de todos, sembrando y trabajando la tierra; si querías irte te marchabas y ya, no había compromisos, cada quien hacía lo quería. Esto era demasiado para muchos de nosotros los jóvenes mexicanos, pero decididamente no queríamos vivir la vida como la vivieron nuestros padres: Naces, juegas unos pocos años y luego estudias, estudias, trabajas, trabajas, te emparejas, vienen los hijos, trabajas para ellos hasta que se vayan y punto final,  pero si crees que terminaste prepárate  porque siguen los nietos.

Yo no quería eso para mí, así que decidí hacer las cosas de otra manera. No puedo decir que todo salió bien porque mentiría, pero después de todo hice con mi vida lo que quise;  aún a costa del amor, de la seguridad que representa una pareja, y del rechazo de quienes no estaban de acuerdo conmigo como familia, amigos de infancia, maestros etc.

Nací en el Distrito Federal un 21 de diciembre de 1950, a manos del Doctor que nos trajo a todos los primos, el tio Pepucho Rábago. Mi madre, María Chávez Cigler, y mi padre, a quien conocí 30 años después, Sergio Sánchez Ruiz-Seco, se conocieron en el trabajo, la SCOP, entonces Secretaría. de Comunicaciones y Obras Públicas. Ella, hija de familia porfiriana venida a menos y él galán jarocho, rumbero y conquistador. La de ellos también es la típica historia de amor y calentura que tantos hijos dio a México. Se conocen, se gustan, salen, mi madre se enamora, él no sé si le pasó lo mismo pero bien que supo aprovechar la oportunidad, prometiéndole formalizar su relación se la llevó a lo oscurito y ¡ZAZ!. No se puede decir que fue a fuerza, pues hasta donde sé a mi madre le encantaban las cosquillas y después  descubriría su gran potencial sexual. Todo ocurrió en un viaje que hicieron juntos a Xalapa, ciudad donde ahora resido (las vueltas que da la vida) y a la que llegué hace más de 30 años sin saber que aquí se inició mi historia.  De éste viaje juntos mi madre resultó embarazada (de mí), y mi padre salió para el puerto de Veracruz para cosas de "trabajo", dejándola en espera, sola, en algún lugar de Xalapa. Al ver mi madre que su amado no volvía, decidió ir al puerto en su busca. En aquel entonces la SCOP, tenía albergues por muchas partes de la república para sus trabajadores que pasaban largas temporadas en donde quiera que estuvieran haciendo una carretera. Mi madre supuso que lo encontraría en el albergue del puerto así que se lanzó con todo, pues como había huido literalmente de la casa paterna, no podía regresar así nomás y luego embarazada.

Al llegar al albergue mi madre  se enteró de que mi padre estaba viviendo en su casa de Veracruz con su familia, es decir con su esposa y sus hijos. Me imagino el patatús que le ha de haber dado a la pobre al enterarse de que mi padre le había mentido al decirle que era soltero y que formalizaría con ella.  Tuvo que soportar la vergüenza y el dolor de verse abandonada, una mujer más que "metió la pata" sin pensar en las consecuencias;  así eran las cosas en aquel entonces, sin preservativos, sin pastillas anticonceptivas, sin condones, sin nada...

Mi madre, aunque jariosa, también era muy orgullosa; no se permitió reclamarle y menos rogarle a Sergio, mi padre,  prefiriendo la regañiza paterna. Bajo  juramento prometió no volver a ver  más a mi padre para ser admitida de nuevo en la casa de mis abuelos.

Fue así que vine al mundo, bajo la protección de mis abuelos y con una mami soltera. Por las fotos que veo de cuando yo era bebé, mis abuelos me querían mucho, vivíamos además con otra hermana de mi madre que también había tenido una hija y todos salimos sonrientes en las fotos. Luego murió mi abuelo y nos cambiamos, mi abuela, mi madre y yo a un departamento en Tlalpan. De ese lugar tengo varios recuerdos: mi abuela jugando conmigo bajo las sabanas a que nos escondíamos y muriéndonos de risa, el departamento que estaba en una planta baja y había que pasar por un pasillo muy oscuro para llegar a él, que era grande y espacioso con varias recámaras grandes como las de antes, además vivía más gente con nosotros, una prima de mi madre, el esposo y su hijo. Mi madre se iba a trabajar y mi abuela se quedaba a cargo de mí; todo parecía ir bien hasta que al esposo de la prima le subió la temperatura con los devaneos de mi madre y como esta no sabía decir que no, pues que se arma el follón y va pa' fuera mi madre con todo y crio de 5 años y amante.  

Continuará...