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NOVIEMBRE 2019
"Ayer
visité al médico oncólogo que me aplicará la quimioterapia. La tercera etapa
del tratamiento inicia con una serie de exámenes de laboratorio y gabinete para
saber en qué estado está mi organismo y que tan efectiva fue la radiación; en
fin, saber que queda de la enfermedad, atacarla y prevenir que salte o de
metástasis hacia otro órgano del cuerpo.
En mi haber he pasado por la experiencia ajena de dos tratamientos de esta enfermedad zodiacal, una en mi pequeña hija, a sus 4 años, y otra en mi padre a los 80; las reacciones físicas a los tratamientos han sido difíciles de sobrellevar pero Ella salió ilesa y mi padre salió y tuvo recaída que lo llevó a la muerte dos años más tarde.
Físicamente estoy en mejores condiciones que hace un mes y mentalmente estoy preparada para lo que venga, en la escala que venga recordando mis experiencias ajenas.
No puedo decir que no tengo miedo, y no es solo a las reacciones del tratamiento, también a la perdida nuevamente de mi autonomía, a volver a ser dependiente…
Desde hace dos semanas salgo sola, en taxi, a casa de alguna amiga o a mi consultorio, a la tienda de autoservicio que está a dos cuadras.
He recordado la anécdota que contaban mis hermanos sobre la mamá Ana diciendo que si salía a regar las plantas que crecían en el arriate de la banqueta, no debía soltar la manguera pues corría el riesgo de perderse. Entendí la reticencia de ella a salir pues el temor que da la calle después de un largo encierro es significativo; pero cuando me fui a caminar y a comprar hasta las tiendas que están a más de setecientos metros de mi casa, tuve el tiempo para reflexionar un ¿Qué pasa conmigo?. Comencé por tomar conciencia de lo que me estaba alterando hasta la taquicardia: ¡Me sentí con miedo a la calle!, a no tener ya la capacidad de ver a los lados para atravesar, de que no escuchara el auto que se acercara en el tramo en el que no hay banqueta y se tiene que caminar por el carril de autos; de caerme en algún hoyo o con algún obstáculo que no viera; el miedo actual en Xalapa: de que algún ladrón tomara mi bolso y se echara a correr. Por algunos segundos sentí algo parecido al desamparo con el pensamiento “voy sola, sin alguien que me acompañe, tengo que hacerlo pues nadie lo hace por mi” y en ese momento una voz dentro de mi disco duro dijo “No hay mejor mandado que el que una se hace” recordé a mi madre, su fortaleza de carácter y terquedad… apreté el paso, sonreí y me hice el mandado. Puedo decir que fue una satisfacción infantil pero maravillosa, después de un poco más de tres meses sin salir, solo a mis tres consultas con mis médicos y a la radiación y siempre acompañada y del brazo de alguien.
Durante esta caminata me di cuenta que me preocupa más mi dependencia que la sintomatología por la quimio, y sé por qué: la quimio me va a aporrear pero no a matar: tiene una finalidad y un fin, en seis meses me reconectarán el colon y quedaré como nueva para mis funciones fisiológicas y actividades.
La dependencia es algo que avanza por medio, por crear temores reales y ficticios y que se alimentan hasta con frases suaves y amorosas como “no vayas sola yo te llevo”, “voy contigo no te vayas a caer”, o un “cuidado” cuando hay una banqueta, un obstáculo, y quien nos acompaña nos protege al grado de hacernos dudar de nuestra propia capacidad de ver, valorar y actuar: comenzamos a dudar de nuestro discernimiento y nos aniquila emocional y funcionalmente.
En estos días comentando con una persona sobre este tema y que le toco convivir con varias mujeres viejas, familiares, confirmé este proceso de perder la autonomía y el mismo recordó frases que la familia cuidadora de estas señoras les dicen para protegerlas y las discapacita para enfrentar lo de afuera: "¿Qué haces en la calle sola?", “Déjame prender el calentador no te valla a explotar” "No salgas sola te puedes perder o caer"
No es necesario una enfermedad, con el hecho de envejecer, el sistema social nos discapacita. Ahora sumemos, vieja + enferma = incapaz…
De acuerdo al plan propuesto por el oncólogo, después de los exámenes me colocarán un catéter para pasar la quimio intravenosa durante seis meses: cada 21 días, quizá la reacción fuerte sea los siguientes tres días a la aplicación del tratamiento (así lo tengo visto en los dos casos de experiencia ajena) y los otros 18 espero que pueda yo andar de “china libre”, “pata de perro”, o como diría mi padre; “haciendo de mi persona (él decía cola) un papalote y lo empinaré en cualquier plaza pública”
En mi haber he pasado por la experiencia ajena de dos tratamientos de esta enfermedad zodiacal, una en mi pequeña hija, a sus 4 años, y otra en mi padre a los 80; las reacciones físicas a los tratamientos han sido difíciles de sobrellevar pero Ella salió ilesa y mi padre salió y tuvo recaída que lo llevó a la muerte dos años más tarde.
Físicamente estoy en mejores condiciones que hace un mes y mentalmente estoy preparada para lo que venga, en la escala que venga recordando mis experiencias ajenas.
No puedo decir que no tengo miedo, y no es solo a las reacciones del tratamiento, también a la perdida nuevamente de mi autonomía, a volver a ser dependiente…
Desde hace dos semanas salgo sola, en taxi, a casa de alguna amiga o a mi consultorio, a la tienda de autoservicio que está a dos cuadras.
He recordado la anécdota que contaban mis hermanos sobre la mamá Ana diciendo que si salía a regar las plantas que crecían en el arriate de la banqueta, no debía soltar la manguera pues corría el riesgo de perderse. Entendí la reticencia de ella a salir pues el temor que da la calle después de un largo encierro es significativo; pero cuando me fui a caminar y a comprar hasta las tiendas que están a más de setecientos metros de mi casa, tuve el tiempo para reflexionar un ¿Qué pasa conmigo?. Comencé por tomar conciencia de lo que me estaba alterando hasta la taquicardia: ¡Me sentí con miedo a la calle!, a no tener ya la capacidad de ver a los lados para atravesar, de que no escuchara el auto que se acercara en el tramo en el que no hay banqueta y se tiene que caminar por el carril de autos; de caerme en algún hoyo o con algún obstáculo que no viera; el miedo actual en Xalapa: de que algún ladrón tomara mi bolso y se echara a correr. Por algunos segundos sentí algo parecido al desamparo con el pensamiento “voy sola, sin alguien que me acompañe, tengo que hacerlo pues nadie lo hace por mi” y en ese momento una voz dentro de mi disco duro dijo “No hay mejor mandado que el que una se hace” recordé a mi madre, su fortaleza de carácter y terquedad… apreté el paso, sonreí y me hice el mandado. Puedo decir que fue una satisfacción infantil pero maravillosa, después de un poco más de tres meses sin salir, solo a mis tres consultas con mis médicos y a la radiación y siempre acompañada y del brazo de alguien.
Durante esta caminata me di cuenta que me preocupa más mi dependencia que la sintomatología por la quimio, y sé por qué: la quimio me va a aporrear pero no a matar: tiene una finalidad y un fin, en seis meses me reconectarán el colon y quedaré como nueva para mis funciones fisiológicas y actividades.
La dependencia es algo que avanza por medio, por crear temores reales y ficticios y que se alimentan hasta con frases suaves y amorosas como “no vayas sola yo te llevo”, “voy contigo no te vayas a caer”, o un “cuidado” cuando hay una banqueta, un obstáculo, y quien nos acompaña nos protege al grado de hacernos dudar de nuestra propia capacidad de ver, valorar y actuar: comenzamos a dudar de nuestro discernimiento y nos aniquila emocional y funcionalmente.
En estos días comentando con una persona sobre este tema y que le toco convivir con varias mujeres viejas, familiares, confirmé este proceso de perder la autonomía y el mismo recordó frases que la familia cuidadora de estas señoras les dicen para protegerlas y las discapacita para enfrentar lo de afuera: "¿Qué haces en la calle sola?", “Déjame prender el calentador no te valla a explotar” "No salgas sola te puedes perder o caer"
No es necesario una enfermedad, con el hecho de envejecer, el sistema social nos discapacita. Ahora sumemos, vieja + enferma = incapaz…
De acuerdo al plan propuesto por el oncólogo, después de los exámenes me colocarán un catéter para pasar la quimio intravenosa durante seis meses: cada 21 días, quizá la reacción fuerte sea los siguientes tres días a la aplicación del tratamiento (así lo tengo visto en los dos casos de experiencia ajena) y los otros 18 espero que pueda yo andar de “china libre”, “pata de perro”, o como diría mi padre; “haciendo de mi persona (él decía cola) un papalote y lo empinaré en cualquier plaza pública”
Continuará...
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