Aquí está:
12 septiembre de 2019
"Hace una semana el
cansancio se apoderó de mí, y comencé a tener síntomas que, si bien mi médico
me había advertido de la posibilidad de ellos, pues se dan durante la
radioterapia de colon, de un día a otro fueron aumentando hasta casi postrarme:
retorcijones intensos con náuseas, y con sensación de desmayo en ocasiones. Lo
que me estaba aliviando las dos semanas anteriores, tratamientos naturales más
té de manzanilla, guayaba o árnica para disminuir el dolor, desinflamar y
evitar la diarrea, no sirvieron en el final de esta tercera semana; cualquier
alimento, aún el agua, me causaba nausea y dolor. La desesperación, el miedo y la
impotencia se apoderaron de mí “El caldo me está saliendo más caro que las
albóndigas” y solo retomaba mis fuerzas en la idea de que nada más faltan tres
semanas y termina esta parte. Intento comer para no perder fuerza,
energía y peso, o sea deteriorarme físicamente como para no aguantar la
toxicidad de los tratamientos. Entendí a varias personas que han dejado los
tratamientos médicos alopáticos y se acogen a otros que no les darán síntoma
alguno pero, ¿cuál es el resultado? Un paliativo, un vivir poco o más tiempo
sin molestias con un traidor cáncer silencioso e invasivo que al final gritará
y hará gritar de dolor Al pensar en ello recuerdo a una, mi querida amiga y
ejemplo (hasta hoy, a decir de nuestro oncólogo en común, “una de esas escasas
personas que hacen del cáncer una enfermedad crónica” y que nos identificamos
con una frase alentadora "el cáncer nos hace los mandados" y
terminamos con un recordatorio a la originaria del cáncer) ¡Quizá eso sea vivir
bien!, con cierta calidad de vida, en paz, por el tiempo que sea, pero con la
espada de Damocles sobre la cabeza. Mi terquedad y ese “haberme amarrado a la
vida” desde hace muchos años y tener fecha de caducidad para dentro de 20, mi
profesión original que me hace poner mi fe en la medicina y tener fuerza para
seguir en pie de lucha contra el cáncer: me acicatean para hacer mi total
esfuerzo.
Mi nieto me recuerda que me comí unas verduras preparadas varios días antes y que, si bien estaban en el refri, podrían haber tenido algún bicho infeccioso. Realmente lo retomo y veo que lo que podía comer antes ahora no debo hacerlo, pues mi estado físico es vulnerable. De hecho mi familia dice: “la abuela se come hasta lo que la saluda cuando abre el refri”
Con esta observación y la sintomatología, consulto a mi oncólogo y médica general quien me receta medicamentos como para una infección cuata.
Hoy a tres días de iniciado el tratamiento ya no tengo cansancio, dormí bien, ya puedo ingerir algunos alimentos que ahora mi hija cuida más que antes y me increpa cada vez que tomo algo que no está tan fresco, “prohibido comer lo que no tiene menos de una hora de preparación”...
¿Qué descuidé? Que en la aceptación de mi estado de salud, de su gravedad, y pronóstico, me he visto forzada a hacer un cambio de hábitos, de espacios, de logística de mis días, y olvidé que las amenazas a mi salud también van en este paquete: tipo de comida, evitar contacto con personas enfermas, enfriamientos, angustias y enojos, pues todo esto en un cuerpo minado por la radio, con defensas aminoradas y en lucha contra el zodiaco puede tener efectos nocivos.
Hoy jueves casi recuperada de la infección intestinal, con cuatro kilos menos, más experiencia y mucha fortaleza, voy por dos días y dos semanas más de tratamiento para saber ¿Qué sigue?...
Continuará...
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