lunes, 2 de septiembre de 2019

MARVA: CÓMO SE VIVE EL CÁNCER XI

Dejamos descansar a Marva el domingo...mismo que ella, calladita, aprovechó para seguir  escribiendo. Vamos tras ella con la legua fuera, pues tiene más energías que ninguna de nosotras.

Aquí está su nuevo escrito que nos compartió el 17 de agosto (ya mero la vamos alcanzando):


El Domingo hace 8 días, pase el día tranquila, comí hígado encebollado y le dí una acicalada a mi chinampa, vi televisión y revisé mis miedos; por herencia aprendida y acercamiento a la filosofía de mis ancestras indígenas y otras teorías más, no tengo miedo a la muerte, y menos cuando yo estoy decidiendo mi vida y amarrada a ella hasta los 94. 

En esta semana de reflexiones he llegado a la conclusión de que lo que temo es la dependencia, tanto económica como emocional, de la gente que tengo dentro de mis amores, de entristecer por no sentir la pertenencia y acompañamiento. 

Revisé mis desapegos, y son importantes; los he trabajado desde hace varios años y con la oportunidad que encontré en VIDAM creció el deseo de la convivencia entre iguales que hace dos años más o menos se centró en el experimento de “Viviendo juntas en sororidad” con el planteamiento de compartir la vida cotidiana con personas de las mismas necesidades, y con apoyo mutuo y acompañamiento.

En este proyecto me desprendí de todos los objetos de una casa armada durante cuarenta años, para llevarme lo que cupiera en un cuarto de 4x4, de un jardín de 700 metros para cultivar una chinampa de 1.40 x .60 mt. Cosa benéfica: dejé un montón de ropa y zapatos que no había usado en varios años y que no usaré más, aprendí a funcionar con el mínimo de objetos y de pretensiones. 

Hace unos días una querida amiga me prestó un libro que ya había leído hace años y que no recordaba : “El Don del mar” de Anne Morrow Lindbergh; lo leí por allá de los años 90s cuando mi vida estaba amenazada con pérdidas fuertes, una enfermedad difícil de mi hija, la ausencia de un marido, la muerte de mi padre y madre; recuerdo que fue la terapeuta familiar que me apoyaba en el proceso, Luz de Lourdes Aguilar, quien me lo dio, junto con el consejo de "Enséñale a tu hija a amar la vida y a asirse de ella con todas sus fuerzas"; En aquel momento fue difícil de entender pero algo se quedó que detonó alguna forma nueva de ver las “pertenencias”. 

Ahora que lo releo refuerza mi sentir y pensar. La autora es extrema, a mí me sigue importando el orden de mis pocas pertenencias pues no puedo vagar en el ¿dónde está? del desorden y me importa lo limpio y cómodo de mis espacios. Esta inquietud se refuerza ya que el lunes recibiré la primera radiación y quimioterapia. No sé cómo será mi reacción a ellas, conozco las acciones curativas y las reacciones no deseadas, la sintomatología que se pudiera presentar pues lo tengo visto entres personas cercanas que lo han vivido de diferentes maneras, y yo con ellas.

Tengo decidido que el tratamiento igual que el cáncer me harán los mandados, pero aun así necesito mi comodidad y tranquilidad de alma, cuerpo y utilización de mis posesiones. Esto hará que hoy ponga patas arriba la casa familiar para propiciarme ese espacio que, como el caracol de Anne Morrow, sea mi refugio, mi pila, mi espacio personal y de intimidad, mi cascarón protector para romper con la dependencia que queda...

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Continuará...

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